por Fernando Camba

Desde pequeño siempre tuve ideas muy radicales que por mi edad y mi educación no podía expresar. Aún recuerdo que de muy pequeño, cuando jugaba carritos con mis primos y amigos, imaginaba que tenía una familia que representaba con mis monitos. Tenía desde luego un mono que era yo y una monita que representaba a mi esposa. Recuerdo bien que la monita era Vilma, la esposa de Pedro Picapiedra. Tenía monitos para los hijos, amigos, etc., y también pensaba en mi amante (así le llamaba) y en el amante de mi esposa. En ese entonces no sabía demasiado sobre la realidad y el papel de los amantes, pero siempre el amante de Vilma era mi amigo.
En ese entonces el pensar en los amantes me producía una sensación rara en el estomago. Desde luego todo esto no se lo contaba a mis compañeros de juego. Recuerdo también más tarde en mi pubertad y adolescencia los pleitos con mi madre cuando al contarle cualquier cosa sobre mis amigos, lo que hacíamos y platicábamos, me interrumpía con su frase “no es, porque no debe de ser”. Yo me decía, ¿Quién dijo que no debe ser? ¿Sólo ella? ¿Basada en qué? Esa famosa frase fue algo que me marcó de por vida; las discusiones siempre concluían con esa frase.
Fue así que desde mi adolescencia comencé a preguntarme el por qué de las cosas. ¿Por qué debían ser de una misma forma para todos? ¿El pensar diferente te hace automáticamente estar en un error? ¿Tener dos o más opiniones distintas quiere decir necesariamente que uno (o más) están mal? Y de ser así, ¿Quién o quienes eran los que tenían el poder absoluto de juzgar qué sí y qué no? Y sobre todo, ¿Basados en qué? Fue entonces que empecé a ver que lo que mi madre decía “no puede ser” correspondía desde luego a su opinión, basada como en la mayoría de los casos en una educación formada en el miedo y la represión.
No eran más que las ideas de una sociedad con doble moral, que se presenta a sí misma como conservadora y defensora de las buenas costumbres imponiendo reglas a quienes, para encajar en dicha sociedad, son capaces de permitir a terceros el gobernar sobre sus deseos, roles y costumbres. Instruyendo a todos por la fuerza con lo que ellos llaman moral; una moral que desde mi punto de vista es muy injusta y hasta contradictoria, ya que impone reglas diferentes por género, edad y clase social. Aquello que discrimina, al menos para mí, no puede ser moral.
Cuando estaba en la secundaria mi despertador sonaba por las mañanas y no me podía levantar. Recuerdo que lo que me impulsaba a despertar cada día e ir a la escuela no era los amigos, los maestros y la verdad, tampoco era aprender. Era siempre ver a las muchachas que me gustaban. Ir a platicar con las compañeras de todos los salones. Fue desde ese entonces que supe que mi amor no era exclusivo. A veces creía estar en un error al sentir de esa forma. Esa fue la razón por la que muchos años adopte el papel de monógamo serial, sintiendo algo por más de una a la vez, pero dando el titulo de novia sólo a una.
Habrá quien juzgue lo que pienso. Es verdad, no tengo la moral de muchos, sólo la mía. Tengo claro lo que para mí es bueno y lo que no, y sobretodo no me engaño a mí mismo y a los demás fingiendo sobre mis deseos y sentimientos. Prefiero conocerme y saber lo que quiero y lo que siento en vez de vivir con una moral impuesta y prefabricada desde hace siglos, totalmente fuera de mis deseos, mis proyectos y sobre todo de mi realidad. Así fue que desde entonces preferí dejar a mis amigos jugar futbol, videojuegos y otras cosas, mientras yo salía y platicaba con amigas.
Desde que recuerdo he sido un ferviente admirador de la belleza femenina, reconociendo sus talentos, amando y admirando a muchas mujeres. Antes del poliamor cambiando de novia sólo por dar un titulo pero queriendo a más de una a la vez. Fue así que crecí en un festín de experiencias: conociendo gente, enamorándome, y rompiendo relaciones sólo para poder otorgar una vez más el titulo y así tener nuevas experiencias.
Creo en el amor y en la libertad. Estoy convencido de que parte importante de la vida es aprender, tener experiencias, amar y conocer otras formas de pensar y ver la vida; eso siempre será enriquecedor. Todos deberíamos trabajar en conocernos nosotros mismos tal y como en verdad somos, sin negarnos nada, aún de los deseos y pensamientos más ocultos, conociendo nuestras debilidades y fortalezas, fantasías, planes y sueños; después aceptarnos tan únicos, independientes y valiosos como lo es cualquiera. Eso implica aceptar a los demás de la misma forma, como seres únicos, independientes, valiosos y muy especiales. Es algo que he aprendido en el poliamor y por eso me apasiona, porque para mí la vida, el amor y la libertad son apasionantes, además esto es parte de mí.
Creo que al dejar este mundo quedará nuestro recuerdo en las personas que conocimos, en los que amamos y nos amaron. Con nosotros solo podremos llevar las experiencias y el amor. Es por eso que me pregunto qué sería de la vida sin experiencias y sin amor. Cada relación es una oportunidad de crecer y de aprender. Es desde luego una experiencia única. Son momentos invaluables de la vida. Malo o bueno será siempre parte de nuestra historia. No entiendo porque alguien tendría el derecho de negar esa oportunidad a alguien más.
Las personas no somos objetos y sólo los objetos pueden ser propiedad. ¿Entonces por qué sentir a la pareja como nuestra propiedad? Nuestra pareja es tan libre como nosotros. Es libre de decidir estar o no a nuestro lado. ¿En verdad para qué querríamos a nuestro lado a alguien que no lo esté por gusto y amor? Para aprender y crecer debemos ser libres. No existe nada mejor que crecer libres y rodeados de amor, siendo simplemente tal y como somos sin máscaras ni poses. Sin tener que ser actores en un guión de nuestra vida, un guión en donde la libertad de amar es mal vista, mas no lo es el engaño, la casa chica, los prejuicios y el juzgar por cualquier cosa la vida de los demás; eso se ve como cotidiano y normal. Prefiero ser escritor de mi propia historia y dejar que cada quien haga lo mismo. Al final prefiero en todo caso dar cuentas de lo que conscientemente hice por decisión propia que por lo que me dijeron que hiciera. Y si en un momento determinado nos encontramos seremos tan libres de escribir juntos algún capitulo de nuestras vidas así como de dejar de hacerlo.
Con el poliamor he podido experimentar la libertad de amar. He sido simplemente quien soy y ¿qué mejor que poder ser tu mismo y sentirte amado por ello? Amo esa libertad de ser simplemente yo sin fingir que por tener pareja perdí el gusto, el deseo, la atracción y la emoción de comenzar una nueva experiencia, ese cosquilleo y la sensación de un nuevo amor. La emoción de sentirte más amado y el poder vivir nuevas experiencias, nuevos amores. La emoción del primer beso pero también la del beso de amor incondicional siempre próspero. ¿Cómo puedes negar a quien amas la libertad de expandir sus horizontes, de conocer más personas y sobre todo como puedes amar a alguien y encarcelar sus sentimientos? Pienso que cuando amas a una persona compartes sus alegrías y sus penas, y esperas siempre lo mejor para esa persona.
Para quienes yo amo siempre espero amor, mucho amor, más amor del que yo solo puedo ofrecer. No es que sea poco pero el amor jamás sobra. No puede enojarme el que amen a quien amo, al contrario, me llena de alegría que mis amores estén rodeados de amor. No quiero que a quienes amo sólo sea yo quien les ame. Eso que yo vi, eso que me gustó y me enamoró, es algo que será también perceptible para los demás. Eso y muchas otras cosas que también pueden ser admiradas, apreciadas y amadas. Se que mis parejas son hermosas, admirables, amorosas; dignas merecedoras de amor, y si tienen más amor serán más felices. La felicidad de quien amo me da felicidad. Si yo no soy dueño de nadie, sólo de mi mismo, ¿qué me daría el derecho de coartar, encarcelar y hacer exclusivos sus sentimientos, o más bien de hacerlos fingir sus sentimientos? El poliamor, además de permitirme ser yo mismo, permite la comunicación sana, abierta y sin reservas. Somos socios, amigos, y cómplices, pero sobre todo nos amamos sin encarcelarnos. Crecemos nuestro amor y nuestros amores, enriqueciendo nuestra vida y nuestra relación siempre.
En ese entonces el pensar en los amantes me producía una sensación rara en el estomago. Desde luego todo esto no se lo contaba a mis compañeros de juego. Recuerdo también más tarde en mi pubertad y adolescencia los pleitos con mi madre cuando al contarle cualquier cosa sobre mis amigos, lo que hacíamos y platicábamos, me interrumpía con su frase “no es, porque no debe de ser”. Yo me decía, ¿Quién dijo que no debe ser? ¿Sólo ella? ¿Basada en qué? Esa famosa frase fue algo que me marcó de por vida; las discusiones siempre concluían con esa frase.
Fue así que desde mi adolescencia comencé a preguntarme el por qué de las cosas. ¿Por qué debían ser de una misma forma para todos? ¿El pensar diferente te hace automáticamente estar en un error? ¿Tener dos o más opiniones distintas quiere decir necesariamente que uno (o más) están mal? Y de ser así, ¿Quién o quienes eran los que tenían el poder absoluto de juzgar qué sí y qué no? Y sobre todo, ¿Basados en qué? Fue entonces que empecé a ver que lo que mi madre decía “no puede ser” correspondía desde luego a su opinión, basada como en la mayoría de los casos en una educación formada en el miedo y la represión.
No eran más que las ideas de una sociedad con doble moral, que se presenta a sí misma como conservadora y defensora de las buenas costumbres imponiendo reglas a quienes, para encajar en dicha sociedad, son capaces de permitir a terceros el gobernar sobre sus deseos, roles y costumbres. Instruyendo a todos por la fuerza con lo que ellos llaman moral; una moral que desde mi punto de vista es muy injusta y hasta contradictoria, ya que impone reglas diferentes por género, edad y clase social. Aquello que discrimina, al menos para mí, no puede ser moral.
Cuando estaba en la secundaria mi despertador sonaba por las mañanas y no me podía levantar. Recuerdo que lo que me impulsaba a despertar cada día e ir a la escuela no era los amigos, los maestros y la verdad, tampoco era aprender. Era siempre ver a las muchachas que me gustaban. Ir a platicar con las compañeras de todos los salones. Fue desde ese entonces que supe que mi amor no era exclusivo. A veces creía estar en un error al sentir de esa forma. Esa fue la razón por la que muchos años adopte el papel de monógamo serial, sintiendo algo por más de una a la vez, pero dando el titulo de novia sólo a una.
Habrá quien juzgue lo que pienso. Es verdad, no tengo la moral de muchos, sólo la mía. Tengo claro lo que para mí es bueno y lo que no, y sobretodo no me engaño a mí mismo y a los demás fingiendo sobre mis deseos y sentimientos. Prefiero conocerme y saber lo que quiero y lo que siento en vez de vivir con una moral impuesta y prefabricada desde hace siglos, totalmente fuera de mis deseos, mis proyectos y sobre todo de mi realidad. Así fue que desde entonces preferí dejar a mis amigos jugar futbol, videojuegos y otras cosas, mientras yo salía y platicaba con amigas.
Desde que recuerdo he sido un ferviente admirador de la belleza femenina, reconociendo sus talentos, amando y admirando a muchas mujeres. Antes del poliamor cambiando de novia sólo por dar un titulo pero queriendo a más de una a la vez. Fue así que crecí en un festín de experiencias: conociendo gente, enamorándome, y rompiendo relaciones sólo para poder otorgar una vez más el titulo y así tener nuevas experiencias.
Creo en el amor y en la libertad. Estoy convencido de que parte importante de la vida es aprender, tener experiencias, amar y conocer otras formas de pensar y ver la vida; eso siempre será enriquecedor. Todos deberíamos trabajar en conocernos nosotros mismos tal y como en verdad somos, sin negarnos nada, aún de los deseos y pensamientos más ocultos, conociendo nuestras debilidades y fortalezas, fantasías, planes y sueños; después aceptarnos tan únicos, independientes y valiosos como lo es cualquiera. Eso implica aceptar a los demás de la misma forma, como seres únicos, independientes, valiosos y muy especiales. Es algo que he aprendido en el poliamor y por eso me apasiona, porque para mí la vida, el amor y la libertad son apasionantes, además esto es parte de mí.

Las personas no somos objetos y sólo los objetos pueden ser propiedad. ¿Entonces por qué sentir a la pareja como nuestra propiedad? Nuestra pareja es tan libre como nosotros. Es libre de decidir estar o no a nuestro lado. ¿En verdad para qué querríamos a nuestro lado a alguien que no lo esté por gusto y amor? Para aprender y crecer debemos ser libres. No existe nada mejor que crecer libres y rodeados de amor, siendo simplemente tal y como somos sin máscaras ni poses. Sin tener que ser actores en un guión de nuestra vida, un guión en donde la libertad de amar es mal vista, mas no lo es el engaño, la casa chica, los prejuicios y el juzgar por cualquier cosa la vida de los demás; eso se ve como cotidiano y normal. Prefiero ser escritor de mi propia historia y dejar que cada quien haga lo mismo. Al final prefiero en todo caso dar cuentas de lo que conscientemente hice por decisión propia que por lo que me dijeron que hiciera. Y si en un momento determinado nos encontramos seremos tan libres de escribir juntos algún capitulo de nuestras vidas así como de dejar de hacerlo.
Con el poliamor he podido experimentar la libertad de amar. He sido simplemente quien soy y ¿qué mejor que poder ser tu mismo y sentirte amado por ello? Amo esa libertad de ser simplemente yo sin fingir que por tener pareja perdí el gusto, el deseo, la atracción y la emoción de comenzar una nueva experiencia, ese cosquilleo y la sensación de un nuevo amor. La emoción de sentirte más amado y el poder vivir nuevas experiencias, nuevos amores. La emoción del primer beso pero también la del beso de amor incondicional siempre próspero. ¿Cómo puedes negar a quien amas la libertad de expandir sus horizontes, de conocer más personas y sobre todo como puedes amar a alguien y encarcelar sus sentimientos? Pienso que cuando amas a una persona compartes sus alegrías y sus penas, y esperas siempre lo mejor para esa persona.
Para quienes yo amo siempre espero amor, mucho amor, más amor del que yo solo puedo ofrecer. No es que sea poco pero el amor jamás sobra. No puede enojarme el que amen a quien amo, al contrario, me llena de alegría que mis amores estén rodeados de amor. No quiero que a quienes amo sólo sea yo quien les ame. Eso que yo vi, eso que me gustó y me enamoró, es algo que será también perceptible para los demás. Eso y muchas otras cosas que también pueden ser admiradas, apreciadas y amadas. Se que mis parejas son hermosas, admirables, amorosas; dignas merecedoras de amor, y si tienen más amor serán más felices. La felicidad de quien amo me da felicidad. Si yo no soy dueño de nadie, sólo de mi mismo, ¿qué me daría el derecho de coartar, encarcelar y hacer exclusivos sus sentimientos, o más bien de hacerlos fingir sus sentimientos? El poliamor, además de permitirme ser yo mismo, permite la comunicación sana, abierta y sin reservas. Somos socios, amigos, y cómplices, pero sobre todo nos amamos sin encarcelarnos. Crecemos nuestro amor y nuestros amores, enriqueciendo nuestra vida y nuestra relación siempre.
¿Quieres conocer sobre el poliamor?
Colectivo Poliamor en México
Poliamor (Wikipedia)
* Imágenes Eduardo Ocejo (sup) y Keith Haring (der).

3 comentarios:
TUS COMENTARIOS SON VITALES
Todos son leídos y muy bienvenidos. No necesitas ser experto en el tema o estar de acuerdo con las ideas presentadas. Participa de forma responsable revisando tu comentario antes de publicarlo.
¡Muchas gracias por participar!